Pareciera que en el mundo competitivo del trabajo actual, plagado de ansiedad y centrado en la búsqueda de mejores resultados, la felicidad no tiene lugar. Sin embargo, una empresa que hace  feliz a sus empleados, que se preocupa por su bienestar y que pone en primer plano este factor tiene en cuenta que la felicidad es clave para mejorar la productividad. 



Martyn Newman, consultor en psicología de Randstad en Australia, abordó la cuestión en su  informe “Why happiness is good for business”, donde plantea que la felicidad no significa lo mismo para todos. Algunos la describen como una experiencia de paz en la naturaleza. Otros, como un sentimiento de excitación ante un evento esperado con ansiedad y otros como una sensación de emoción tras realizar acciones significantes por los demás o con ellos. Aquí pueden distinguirse, dice Newman, dos elementos comunes: la felicidad lleva consigo emociones positivas y una ausencia de conflicto interior, lo que da como resultado un estado paz mental.



Por otra parte, la felicidad no tiene que ver con el dinero. Los estudios demuestran que las  personas que poseen el dinero necesario para cubrir un estilo de vida básico son igual de felices que las que poseen un mejor pasar. Las capacidades intelectuales tampoco la determinan: ni una  mejor educación ni un coeficiente intelectual alto hacen que las personas sean más felices. La juventud, por otra parte, tampoco, ya que por lo general los mayores muestran menor tendencia a la ansiedad o a la depresión que los más jóvenes.



Según Newman, estos factores sólo determinan hasta un 15% de nuestra felicidad. En segunda instancia, el psicólogo analiza el rol que juega la disposición genética. Los genes, si bien pueden inclinarnos a ser más positivos y a lidiar con el estrés, no son enteramente determinantes de nuestra felicidad. Un estudio de la Universidad de Minnesota  comparó parejas de gemelos  idénticos y gemelos fraternales (es decir, que no compartían un mismo ADN) y determinó que la felicidad podía depender de los genes solo hasta en un 50%. 



Todas estas pruebas indican que, al fin y al cabo, la felicidad está en nuestras manos. Es decir que, a través de nuestro capital emocional y a través de cómo lo gestionamos, podemos tener injerencia directa en nuestra felicidad. ¿Qué nos ayuda a incentivar nuestra propia felicidad? Martyn Newman aporta algunos conceptos:



- Autosuficiencia: La autonomía e independencia para aceptar responsabilidades refuerza  nuestro juicio y nos da la capacidad de planificar y tomar decisiones importantes. Como lo establece Newman, el éxito, los ascensos, y los aumentos son dinámicos y, por lo tanto,  efímeros. Esto quiere decir que somos buenos y felices tomando el control sobre nuestras vidas y haciendo lo que nos importa, y no meramente alcanzando el éxito.



- Autoconfianza: Otra capacidad emocional y social fundamental. Nos permite prescindir de la aprobación de los demás, y depender de nosotros mismos para lograr los objetivos que nos proponemos. ¿Esto significa tener un ego desmedido? Todo lo contrario, ya que habitualmente el ego es un síntoma que indica la falta de confianza y la necesidad de reafirmarnos frente a los demás constantemente.



- Optimismo: Ser optimistas nos permite soportar las adversidades, encontrar el lado bueno a todo lo malo que aparece en nuestro camino, y a la vez poder visualizar objetivos cumplidos con antelación, generando sentimientos positivos gracias a la consecución de las metas. Además, el optimismo lleva a la resiliencia, lo que impide ceder ante el impulso de lo negativo. 



Las personas felices son más creativas, resuelven problemas más rápidamente y de mejor  manera.  En otras palabras, cuando la gente se siente mejor, se desempeña mejor. Puesto en estos términos, la cuenta es simple: si contar con colaboradores más felices le permite a las compañías ser más productivas, entonces invertir en la felicidad de sus colaboradores es un buen negocio para ellas.